jueves, 12 de marzo de 2020

De movimientos estudiantiles o de cómo la violencia debe ser desterrada de nuestra vida cotidiana

El 25 de febrero de 2020 las y los estudiantes universitarios de Puebla se envolvieron en movimiento que resulta sorprendente y al mismo tiempo predecible. Sorprendente porque la violencia tiene el efecto de hacer que mucha gente calle; predecible porque, desde hace varios años, la violencia es tanta y tan intensa, que periódicamente hay protestas.
Este movimiento, me toca observarlo con varias lentes: como socióloga, como alguien que ha trabajado directamente en la prevención y atención de la violencia, como mujer y como docente universitaria.
El movimientos tiene su punto de arranque en la indignación ocasionada por el asesinato de tres estudiantes de medicina (una mujer y dos varones) y un conductor de Uber. Sin embargo, recordemos que desde hace ya varios años la violencia se acrecienta en todos los espacios. En 2020 hemos estado expuestos a información sobre varios hechos alarmantes: el tiroteo en la primaria de Torreón, los niños armados en la comunidad de Chilapa,  el feminicidio de Ingrid Escamilla, el feminicidio de la pequeña Fátima. Con menos visibilidad mediática, en el municipio de Chietla se cometió en enero un doble feminicidio también de características aberrantes. Tenemos pues, la percepción de una violencia que nos ahoga, que no nos deja vivir: Compañeros y compañeras de los jóvenes asesinados -estudiantes de dos diferentes universidades- organizan la primera manifestación en torno al #niunabatamás y poco a poco se suman  no sólo las facultades y escuelas de una universidad, sino otras universidades dentro y fuera de la ciudad, fuera del estado.

El grito de ¡Alto a la violencia! nos convoca a todos, nos conmueve la pregunta formulada a coro "¿Por qué nos asesinan si somos el futuro de América Latina?". La gente apoya la movilización de los estudiantes. Se conforma la Asamblea 2502 con representación de varias escuelas y facultades: se crea un perfil oficial de Facebook, se declara un paro estudiantil.  Después de la movilización, hay que tomar un tiempo para armar una estrategia: definir  objetivos, ponerse de acuerdo en cómo se trabajará para alcanzarlos. Se llevan a cabo asambleas, discusiones, se vota. Son mil mundos girando cada uno en su órbita, pero por un momento han identificado un punto de acuerdo. El #niunabatamás se acompaña del #niunestudiantemenos y el reclamo se dirige fundamentalmente hacia el gobierno, el pliego petitorio estudiantil se concentra en aumentar la seguridad alrededor de los campus: más alumbrado público, más vigilancia, transporte adecuado.
Aunque el gobierno tenga una responsabilidad ineludible en la prevención, atención y sanción de la violencia, debe tenerse en cuenta que la violencia se ha vuelto una parte importante de nuestra cultura, es decir, forma parte de  los conocimientos que las personas adquieren y practican en su vida cotidiana. De esta manera, para erradicar o disminuir la violencia tenemos que lograr que las personas actúen/ actuemos de manera respetuosa, reconociendo la dignidad de los demás, respetando las leyes. En este sentido, el reto no le pertenece sólo al gobierno: involucra a los medios de comunicación, a las organizaciones de la sociedad civil, a las empresas, a las escuelas, a la gente común y, por supuesto, a las universidades. Los gobiernos básicamente pueden hacer leyes y aplicarlas, generar políticas públicas y recaudar impuestos. En México todo esto se ha hecho mal por mucho tiempo, dejar la disminución de la violencia en manos de instituciones tan deterioradas es, por lo menos, ingenuo.

Pronto la indignación general ocasionada por el asesinato de los tres estudiantes de medicina, se conjuntó con otras indignaciones más inmediatas para las y los estudiantes en paro. Cada escuela integró su propio pliego petitorio: el acoso sexual por parte de profesores hacia alumnas es un denominador común. La violencia social se volvió violencia de género y violencia institucional. Pronto se dan los primeros disensos ¿movimiento estudiantil o movimiento feminista? Can it be both? Los cuerpos docentes y administrativos quedan en medio, al principio, cuando la demanda era hacia afuera, apoyar el paro no era problemático, cuando los estudiantes señalan que al interior de la
institución hay violencias que se solapan, las cosas comienzan a ponerse ríspidas. Hay un conflicto manifiesto, diálogos que se interrumpen, posturas polarizadas.
El 11 de marzo, después de la mega marcha universitaria, del paro nacional de mujeres y  de las marchas feministas, asesinaron a una joven llamada Arabia en Cholula y seguimos respirando violencia. El reclamo estudiantil de eliminar el acoso de las universidades y de las escuelas de todos los niveles (en los últimos días mujeres adolescentes de secundarias y bachilleratos han denunciado a profesores y directivos acosadores) es un reclamo válido, es un imperativo que sistemáticamente ha sido ignorado. Tener una sociedad libre de violencia (o por lo menos con niveles de violencia que nos permitan conservar un poco de salud mental y la integridad física) tiene que ver con lograr que en nuestros espacios cotidianos (la casa, la calle, el transporte público, la escuela, la universidad) podamos  sentirnos respetadas. Eso requiere hacer ajustes en todos los niveles: emocional, social, moral, cognitivo; en lo individual, pero sobre todo, en lo colectivo. Para identificar el sentido de todos esos ajustes hace falta un diálogo que parta de la consideración de que las personas somos expertas en nuestra realidad y  podemos transformarla. La transformación, sin embargo, puede llevarse  algún tiempo. De eso ya se dieron cuenta las y los estudiantes que lograron organizarse para expresar su hartazgo.

Un paro prolongado demanda mucha energía y resulta desgastante porque implica mantener un ambiente excepcional, detener una maquinaria institucional compleja sin saber bien cómo y sin tener claro hasta cuándo. Por eso vale la pena identificar o inventar mecanismos para trasladar nuestra energía crítica a la vida cotidiana. Si un paro dura tres días, tres semanas o tres meses, la pregunta al final será la misma ¿Qué es lo que sigue? Cito a un universitario de 19 años "El paro puede terminarse, pero el movimiento tendría que continuar" tal no es un reto menor.

El acoso sexual en las universidades existe por diversos factores que nos involucran directa o indirectamente, así como la violencia en general. Algo hemos estado haciendo muy mal como sociedad, en las familias, en las empresas, en las universidades, tenemos que reconocerlo para poder avanzar. Es hora de tomarnos en serio eso de la reconstrucción del tejido social ¿Cómo le hacemos?     #preguntaseria 

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