La realidad es
un lugar incómodo para vivir, por decir lo menos. Ella, la realidad, tiene
aspectos terribles en el más pleno sentido de la palabra, es decir, la realidad
tiene aspectos que causan terror. Los feminicidios son uno de ellos y atraviesan
mi cotidianidad de una forma brutal.
Cuando en la
mañana me pongo ropa limpia después de bañarme, doy gracias por mi cuerpo y por
mi vida, por mi familia y por mi trabajo. Pienso que soy una mujer afortunada y
pienso en la injusticia de que quizá, seguramente, en algún momento a lo largo
del día escucharé sobre el asesinato de otra mujer que, como yo, se levantó con
intenciones y deseos que fueron destrozados, hechos añicos, trizas, en medio de
golpes, de insultos y de sangre. Es una realidad intolerable, injusta y que da
rabia.
Que las mujeres,
las adolescentes y las niñas estén (estemos) siendo maltratadas y asesinadas con
tanta frecuencia a manos de varones, en situaciones que representan un abuso en
todos los sentidos, desde el abuso de confianza hasta excesos en el uso de la
fuerza física, sólo se explica porque hay una estructura política,
sociocultural y económica que lo permite o, de manera más preocupante, incluso
lo fomenta. Ya sabemos que desde las instituciones y desde los medios de
comunicación hay una marcada tendencia a fincar responsabilidad sobre las víctimas,
que al saber que una mujer fue violada o asesinada, lo primero que se preguntan
muchas personas es si era una puta o estaba borracha. También, muchas personas
tenemos claro que esta es una pregunta equivocada y ofensiva porque nadie, bajo
ninguna circunstancia, tiene el derecho de agredir a otra persona y punto. Y
punto. Sin excepciones ni dispensas, eso es lo que no hemos entendido.
He visto mujeres
que luchan por cambiar esta realidad y que señalan firmemente que no se trata de
hacer que las mujeres tomemos medidas de protección, sino de que los varones
transformen su conducta y dejen de ejercer violencia hacia nosotras, pero no
sólo hacía nosotras. La violencia contamina todo: los juegos de las niñas y los
niños, las sobremesas, los besos de despedida, lo que la gente sueña por las
noches, las paradas de autobuses, los parques, todo. Tenemos que lograr un
mundo que no sea como este, es todo lo que sé. Tengo esperanza porque hay gente maravillosa que todos los días hace
cosas que ayudan a que la realidad tenga menos aspectos terribles. Gracias a
ustedes.
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