martes, 4 de diciembre de 2012

En la colonia Floresta celestial.



A la casa, un cuarto de bloc superpuesto y lámina rodeado por una cerca hechiza de alambre parchada con cartón, lámina y madera, se llega atravesando un campo de crecidas hierbas. Hay otras casas alrededor, casi bordeando  la carretera, aunque desde la calle  uno podría pensar que nadie vive allí. La casa de doña B y sus cinco hijos está rodeada de basura, ella es pepenadora. Además hay gallinas y guajolotes, demasiados, deambulando alrededor.  No puede faltar una zanja en donde se juntan la basura y el agua de la lluvia, un arroyo contaminado y pestilente corre al lado de la casa.
Me acerco con paso vacilante, temiendo que Juguete, la mascota,  salga a recibirme con su  estentóreo concierto de ladridos. Pero no, detrás de la improvisada puerta de lámina se asoma M, la misma niñita flaca, despeinada y sucia que conocí hace pocos meses. Sigue sin ir a la escuela. Le pregunto por su mamá y entra corriendo a buscarla. Doña B también lleva el cabello sin peinar, me saluda de buena gana. Cuando le pregunto por su hijo N, quien aparece en mi listado, me dice que se fue a trabajar temprano. Él es malabarista y escupe fuego en la calle, no volverá a casa sino ya entrada la noche y a lo largo de su jornada deberá cambiar varias veces de crucero porque la policía municipal tiene la consigna de despejar la vía pública.
En casa está Y, de quince años, que se empleaba como aprendiz en una herrería hasta hace pocos meses cuando su madre tuvo una discusión con su patrón y le prohibió seguir trabajando en ese taller. Y acató de mala gana la orden de su madre y ahora busca trabajo sin urgencia. E y C, sus hermanos menores, se encuentran trabajando en un local de reciclaje y en el reparto de agua purificada respectivamente.
La señora comenta que anoche tuvo pesadillas. Soñó primero que un ladrón era perseguido por tres policías a la orilla de la carretera y que esta persecución terminaba en la cocina de su casa. Sobresaltada despertó y volvió a dormirse para soñar que un hombre altísimo y calvo se metía a su casa, ella tomaba un tubo y comenzaba a golpearlo con furia, en defensa de sus hijos. Doña B piensa que tal vez sus pesadillas se deben a que quedó intranquila tras enterarse de que habían asesinado a un muchacho a dos cuadras de su casa la noche anterior. Este comentario lo enlaza con el breve relato de que hace un par de semanas hallaron el cadáver desnudo de una mujer violada  también muy cerca de allí.
Después doña B menciona que ella sabe que están solos. Que frecuentemente los rondan “los mariguanillos” dispuestos a robarse cualquier cosa que quede a la vista: un martillo, una olla. Una vez estaba un borracho bebiendo cerca de su casa y ella llamó a la policía, una patrulla llegó al lugar cuatro horas después. Algunos líderes de su comunidad le han aconsejado que no espere nada de la autoridad, que ella misma debe tener un plan de protección. Doña B sabe qué haría en un caso extremo: como todavía cocina con leña tiene dos machetes afilados que usaría, me dice, sin titubeos en caso de que alguien se metiera a su casa y amenazara la seguridad de sus hijos.

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