A la casa, un cuarto de bloc superpuesto y lámina rodeado por una cerca
hechiza de alambre parchada con cartón, lámina y madera, se llega atravesando
un campo de crecidas hierbas. Hay otras casas alrededor, casi bordeando la carretera, aunque desde la
calle uno podría pensar que nadie
vive allí. La casa de doña B y sus cinco hijos está rodeada de basura, ella es
pepenadora. Además hay gallinas y guajolotes, demasiados, deambulando
alrededor. No puede faltar una
zanja en donde se juntan la basura y el agua de la lluvia, un arroyo
contaminado y pestilente corre al lado de la casa.
Me acerco con paso vacilante, temiendo que Juguete, la mascota, salga a recibirme con su estentóreo concierto de ladridos. Pero
no, detrás de la improvisada puerta de lámina se asoma M, la misma niñita
flaca, despeinada y sucia que conocí hace pocos meses. Sigue sin ir a la
escuela. Le pregunto por su mamá y entra corriendo a buscarla. Doña B también
lleva el cabello sin peinar, me saluda de buena gana. Cuando le pregunto por su
hijo N, quien aparece en mi listado, me dice que se fue a trabajar temprano. Él
es malabarista y escupe fuego en la calle, no volverá a casa sino ya entrada la
noche y a lo largo de su jornada deberá cambiar varias veces de crucero porque
la policía municipal tiene la consigna de despejar la vía pública.
En casa está Y, de quince años, que se empleaba como aprendiz en una
herrería hasta hace pocos meses cuando su madre tuvo una discusión con su
patrón y le prohibió seguir trabajando en ese taller. Y acató de mala gana la
orden de su madre y ahora busca trabajo sin urgencia. E y C, sus hermanos menores, se encuentran trabajando en un local de reciclaje y en el reparto de agua purificada
respectivamente.
La señora comenta que anoche tuvo pesadillas. Soñó primero que un ladrón
era perseguido por tres policías a la orilla de la carretera y que esta
persecución terminaba en la cocina de su casa. Sobresaltada despertó y volvió a
dormirse para soñar que un hombre altísimo y calvo se metía a su casa, ella
tomaba un tubo y comenzaba a golpearlo con furia, en defensa de sus hijos. Doña
B piensa que tal vez sus pesadillas se deben a que quedó intranquila tras
enterarse de que habían asesinado a un muchacho a dos cuadras de su casa la
noche anterior. Este comentario lo enlaza con el breve relato de que hace un
par de semanas hallaron el cadáver desnudo de una mujer violada también muy cerca de allí.
Después doña B menciona que
ella sabe que están solos. Que frecuentemente los rondan “los mariguanillos”
dispuestos a robarse cualquier cosa que quede a la vista: un martillo, una
olla. Una vez estaba un borracho bebiendo cerca de su casa y ella llamó a
la policía, una patrulla llegó al lugar cuatro horas después. Algunos líderes de
su comunidad le han aconsejado que no espere nada de la autoridad, que ella
misma debe tener un plan de protección. Doña B sabe qué haría en un caso
extremo: como todavía cocina con leña tiene dos machetes afilados que usaría,
me dice, sin titubeos en caso de que alguien se metiera a su casa y amenazara
la seguridad de sus hijos.

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